La Buenos Aires esclavista
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Autor: Felipe Pigna

En el origen mismo de la colonización del Río de la Plata está presente la esclavatura como un suculento negocio. En la capitulación firmada con la corona por el primer adelantado, don Pedro de Mendoza, se le autorizaba a introducir 200 esclavos negros, “adquiridos” en España, Portugal, Guinea y las islas de Cabo Verde, con la condición de no venderlos en otros territorios. Sin embargo, haciendo números, don Pedro calculó que le resultaba más beneficioso convertirlos en “caja” para financiar la expedición, y antes de partir de San Lúcar de Barrameda consiguió un cambio en el contrato con el rey Carlos V, para venderlos en el lugar que fuera más conveniente, cosa que hizo. El “adelantado” se quedó con algunos esclavos para su séquito y trajo a los primeros africanos a las  costas del Plata.

Para los miles y miles de inmigrantes  involuntarios que fueron llegando por la fuerza a Buenos Aires, el río que los recibía era más que de la plata, de las penas.

Para conocer con cierta aproximación la cantidad de personas que fueron arrancadas de su tierra natal en África para ser vendidas como esclavos en América, una primera dificultad es, precisamente, el concepto que se esconde tras la denominación “pieza de Indias”, utilizada hasta fines del siglo XVII para “contabilizar” el tráfico negrero, otorgar los permisos para esta trata inhumana y cobrarle impuestos. Una “pieza” no era sinónimo de un esclavo, sino una “unidad de medida” que tomaba en cuenta la capacidad de trabajo de un hombre joven, sano y fuerte.

González Arzac ofrece una especie de vocabulario de la esclavatura:

“cabeza de negro. cabeza de esclavo: cualquier persona sometida a la trata, sea cual fuere su edad, sexo o condición.
pieza de indias: hombre o mujer de quince a veinticinco o treinta años, sin vicios y con todos los dientes.
cuarto, medio, cuatro quintos de pieza: cuando no llenaban aquellas condiciones.
tres piezas de indias: eran una tonelada de negros.
bozal: negro recién introducido del África.
ladino: negro que había sido esclavo en América, por lo menos un año.
muleque: negro bozal de siete a diez años.
mulecón: negro bozal de diez a quince o dieciocho años.”1

Una persona que reuniera las condiciones de “una pieza de Indias”, hacia 1620 podía rematarse en Buenos Aires en unos 130 pesos, para ser revendida en Chile, el Alto Perú o en Lima a precios en torno a los 500 pesos o más, 2 si es que sobrevivía a las durísimas condiciones de “traslado”. Pero los enfermos, heridos, mujeres, ancianos y niños rara vez eran considerados, individualmente, una “pieza”. Para completar esta “unidad”, entonces, los negreros reunían a un adulto sano, aunque no robusto, con un anciano, o varios chicos, o dos mujeres, y así sucesivamente en una casi infinita variedad de posibilidades que hacían que una “pieza”, en realidad, significase dos, tres, cuatro e incluso más seres humanos.

No menos de diecisiete millones de personas (hay quienes elevan el cálculo a tres veces esa cifra) 3 fueron desembarcadas en esas condiciones en puertos de América entre el siglo XVI y comienzos del XIX. Pero hay que tener en cuenta que solo una proporción de los hombres, mujeres y niños capturados en África sobrevivían a las terribles condiciones en que eran amontonados y encadenados en las bodegas de los barcos negreros.

A medida que la trata de esclavos se “regularizó” con los asientos, su desembarque incluía una inspección médica y un período de cuarentena. Inicialmente, el lugar de concentración de los recién llegados era la llamada “Aduana Vieja”, una casona en la esquina de las actuales Belgrano y Balcarce, que por entonces estaba prácticamente al borde del río. La proximidad del centro de la ciudad y las denuncias de los numerosos cadáveres de “negros” que eran encontrados en los huecos cercanos, hicieron que cuando se concedió el asiento a los franceses se los obligase a instalarse al sur de la ciudad, en lo que hoy es el Parque Lezama. Sus sucesores ingleses de la South Sea Company compraron para el mismo fin un terreno, con una gran residencia que antiguamente había pertenecido al gobernador Andrés de Robles, en la otra punta de la ciudad de entonces, más exactamente en lo que hoy es la zona comprendida entre Maipú, Esmeralda, Callao y el inicio de la Avenida del Libertador, es decir, Plaza San Martín y las manzanas inmediatas hacia el norte, una de las zonas más paquetas de la ciudad. Don Andrés de Robles fue gobernador de Buenos Aires entre 1674 y 1678; se lo acusó de “numerosos excesos”, entre otros, un inexplicable enriquecimiento que le permitió construir su residencia “El Retiro”, por entonces la casa más amplia y lujosa de la aldea y que todavía da nombre a esa parte de la ciudad.

Es muy interesante este documento proveniente del Libro de Acuerdos del Cabildo de Buenos Aires, donde quedan claras algunas características de la mirada colonial y se culpabiliza a las víctimas: “Este establecimiento dominando o superando la ciudad y que está situado por la parte del Norte, que es el viento que generalmente reina, es sumamente perjudicial a la salud pública, que es lo que más se debe cuidar, porque soliendo venir dichos negros medio apestados, llenos de sarna y escorbuto y despidiendo de su cuerpo un fétido y pestilencial olor, pueden con su vecindad infeccionar la ciudad”. 4

Nótese que no se propone nada para mejorarles la vida a los esclavos, sino que se advierte a la población de los males que pueden provocar los “negros”, que parecerían haber contraído las pestes por un problema constitutivo y no por el salvajismo y la barbarie a que eran sometidos durante el viaje.

Según relataría un siglo después el inglés Emeric Essex Vidal, en tiempos de la South Sea Company el terreno estaba “todo amurallado a su alrededor, los esclavos bajaban a tierra en la playa inmediatamente atrás del edificio; y el portón de entrada aún está en ruinas cerca del camino de la costa, aunque la pared ya ha desaparecido”. 5

En la zona de Retiro había un tablado donde se realizaban las ventas, es decir, el mercado de esclavos de Buenos Aires. Por razones de “seguridad e higiene”, en 1787 el Cabildo ordenó trasladar el asiento a las orillas del Riachuelo y, doce años después se produjo otra mudanza a la zona de Quilmes y, finalmente, sobre el final del virreinato, una nueva orden estableció que los barcos negreros debían hacer su cuarentena en la Ensenada de Barragán: la doble moral de las autoridades y de “la parte más sana de la sociedad” recomendaba que el triste espectáculo se alejase lo más posible de su vista, por más que era la fuente de enriquecimiento de muchos de ellos.

Además de las empresas que tuvieron el monopolio del asiento de esclavos, la trata de personas enriqueció a un selecto grupo de familias que integraban la elite porteña a fines del coloniaje y el inicio de la era independiente.

Estos grandes mercaderes del sudor, la sangre y las lágrimas ajenas tienen algunos rasgos en común, además de las fortunas que amasaron: todos eran españoles peninsulares y los diccionarios biográficos suelen mostrarlos como “hombres muy devotos y caritativos”, que tuvieron un papel destacado en la Hermandad de la Santa Caridad que administraba los hospitales y la Casa de los Niños Expósitos.

Referencias:

1 Alberto González Arzac, Abolición de la esclavitud en el Río de la Plata, edición del autor, Buenos Aires, 1974.

2 Liliana Crespi, “Utilización de mano de obra esclava en áreas mineras y subsidiarias”, en Dina V. Picotti (comp.), El negro en la Argentina. Presencia y negación, Editores de América Latina, Buenos Aires, 2001, pág. 149 y ss.

3 La cifra de diecisiete millones es la que aparece en publicaciones y sitios oficiales de la Unesco.

4 En González Arzac, op. cit.

5 Emeric Essex Vidal, Pituresque Illustrations of Buenos Ayres and Montevideo, Londres, 1820. .

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Fuente: www.elhistoriador.com.ar