No bombardeen Buenos Aires

 
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Fuente: Felipe Pigna, Revista Veintitrés, 9 de junio de 2005.

El clima político se había enrarecido en la Argentina desde que se agudizó el conflicto entre la Iglesia católica y el gobierno peronista. De aliada incondicional allá por los inicios del régimen de 1943 que catapultaría a Perón al poder, la corporación eclesiástica se había vuelto decididamente opositora. Se sentía molesta por la utilización política que el gobierno hacía de la caridad -un tema históricamente monopolizado por la Iglesia- la proliferación de imágenes de Evita y Perón rodeando a los crucifijos en las dependencias oficiales y la creación de una agrupación política secundaria, la Unión de Estudiantes Secundarios, la UES, una fuerte competencia para la Acción Católica.

Perón por aquellos días de junio de 1955 solía recordar que el gobierno peronista en 1947 había hecho ratificar en el Congreso el decreto ley que transformaba en obligatoria la enseñanza religiosa declarada optativa y extracurricular por la Ley 1420, sancionada por iniciativa de Sarmiento durante el gobierno de Roca.

El general ahora se lamentaba de haber impulsado un generoso subsidio del 75% de los sueldos de los docentes de escuelas privadas de las cuales el 90% eran propiedad de la Iglesia católica.

Mientras se enteraba por los diarios de las diatribas de los obispos contra su gobierno y las calumnias contra su persona, el presidente le recordaba a sus colaboradores los abusos a que dio lugar aquel subsidio. Pero lo que más había irritado a Perón era la creación de un Partido Demócrata Cristiano con el aval de la Iglesia. El líder consideraba que su partido era democrático y cristiano y que en la Argentina no era necesario otro partido para frenar el avance del comunismo, principal objetivo de la democracia cristiana impulsada por el Vaticano y el Departamento de Estado de los Estados Unidos.

El enfrentamiento fue creciendo en un trasfondo de crisis económica. Dos agudas sequías (1951-52), el boicot norteamericano contra la Argentina que se perpetuaba desde 1942 cuando el radical alvearista Ortiz se declaró neutral durante la Segunda Guerra Mundial, complicaron el panorama económico que, pese a los esfuerzos industrialistas, seguía dependiendo de las divisas aportadas casi exclusivamente por el comercio exterior de granos y carnes.

La vieja alianza ideológica entre los militares y la curia, fomentada por el propio Perón, tornaba más peligroso el protagonismo de la Iglesia que contaba con una expresión política partidaria propia y excelentes contactos con oficiales superiores de las tres armas que parecían dispuestos a salir en defensa de Cristo Rey.

Todavía sonaban los ecos de la ruidosa procesión del 11 de junio, dos días después de Corpus Christi, que se había transformado en una manifestación política que culminó en el Congreso donde los católicos, enfurecidos por la sanción de la ley de “hijos naturales” y la ley de divorcio, arriaron la bandera argentina e izaron la insignia papal. En esas circunstancias se produjo el confuso episodio de la quema de una bandera argentina, que como en otras circunstancias de nuestra historia, dio lugar a encendidas discusiones sobre lo accesorio y eludió el debate ideológico. Toda la semana del 11 al 16 de junio se fue en el debate sobre quién había quemado la bandera, símbolo sagrado e inmaculado para católicos y peronistas, tan católicos como los otros.

Lo cierto es que la sociedad argentina fue sometida a campañas oficiales y extraoficiales de contra información y no a un debate, largamente postergado sobre el rol de la Iglesia en nuestra sociedad.

Leyes imprescindibles para un país que se preciaba de moderno, como la de hijos naturales y el divorcio, aparecen sancionadas como provocaciones del gobierno peronista más que como avances de la civilización.

A eso de las nueve de la mañana del 16 de junio Perón recibió al general Lucero con un marcado gesto de preocupación. Perón sabía que estaba programado un desfile aéreo en desagravio a la bandera, pero Lucero sabía que ese desfile podía ser aprovechado para bombardear la Casa de Gobierno y a su principal ocupante y convenció al Presidente para trasladarse a su despacho en el ministerio de Guerra cruzando la avenida Paseo Colón.

Desde su nueva ubicación, a las 10:30 en punto, Perón pudo escuchar el sonido inconfundible de los aviones Avro Lincoln y Catalinas de la aviación naval comandados por el vicealmirante Toranzo Calderón y el ruido inesperado, nuevo en Buenos Aires que se estrenaba como la primera capital de Sudamérica en ser bombardeada por sus propias fuerzas armadas.

Los aviones, que habían partido de Punta Indio, llevaban pintadas en sus colas una V y una cruz. El “Cristo vence” reemplazaba al “viva Perón”. Curioso slogan de alguien que sale a matar, que recordaba a aquel fanático católico falangista, Millán de Astray, que llegó a pronunciar la metafísica frase: “Viva la muerte”.

En la plaza, además de los apurados transeúntes había algunas familias que se disponían a presenciar el desfile aéreo. Nunca imaginaron que la parada militar tuviera un carácter tan realista.

Las primeras bombas cayeron a unos pocos metros de la pirámide y el resto impactó sobre la Casa Rosada. Una de ellas destrozó a un colectivo repleto de escolares. Al enterarse de los hechos, la CGT convocó a la Plaza a defender a Perón. Para las 13:15 eran cientos los descamisados que se reunieron a defender su gobierno en la histórica plaza cuando una nueva oleada de aviones espantó a las desconcertadas palomas y arrojó su mortífera carga de nueve toneladas y media de explosivos sobre la multitud. En la Plaza de Mayo y sus alrededores quedaron los cuerpos de 355 civiles muertos y los hospitales colapsaron por los más de 600 heridos. Se había perpetrado el peor ataque terrorista de la historia argentina. Sus autores eran “respetables” militares y civiles que se frotaban las manos imaginándose el triunfo de un golpe militar que iba a volver a la “negrada” a los “cabecitas” a los lugares de los que nunca debieron haber salido. Sus autores nunca contaron con la capacidad de lucha y resistencia del pueblo argentino que, conciente de sus derechos adquiridos, no estaba dispuesto a perder lo que le había costado tanta sangre, sudor y lágrimas conseguir.

Para los que se hacen los distraídos, para los comunicadores sociales y sus sponsors a los que “les interesa el país”, para todos aquellos que hacen la tramposa pregunta “¿cuándo comenzó la violencia política en la Argentina?”, en estas páginas precedentes va nuestra humilde contribución al debate.

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